miércoles, 5 de julio de 2017

La Parábola Orionita del Grano de Mostaza



            El pasado 3 de julio celebramos los 125 años de la apertura del Oratorio San Luis en el jardín del Palacio Episcopal de Tortona. Esa fecha quedo grabada en el corazón de Don Orione. Recordándola con gran emoción, escribía a sus hijos.



Buenos Aires, 3 de julio de 1936

Mis amados Hijos en Jesucristo



¡Qué la gracia del Señor y Su paz estén siempre con nosotros!

¡Hoy es 3 de julio! - ¡Qué hermosa fecha! ¡Es una gran fecha esta de hoy para mí, oh mis amados! Cuántos años han pasado desde ese 3 de julio; mas el recuerdo se me hace vivo, como si fuese ayer.

Era clérigo y custodio de la catedral: el obispo de Tortona era Mons. Bandi, aún al principio de su episcopado. Los muchachos y jovencitos que estaban a mi alrededor eran tantos, algunos centenares, los había de las escuelas primarias, técnicas, secundarias y un hermoso grupo que ya trabajaba. No se los podía contener más, no cabían más en mi pequeña habitación, allá arriba, en la bóveda de la catedral, la última, no se los podía tener en la catedral, porque corrían por arriba y por abajo, por todas partes, no cabían más.




            Ese día el joven Luis Orione daba inicio a una nueva actividad pastoral, al primer oratorio de su diócesis natal. Pero con los años, ese hecho cobro una trascendencia mayor. Ese oratorio fue el germen de su Familia Religiosa:



La Pequeña Obra de la Divina Providencia, nacida de ese primer Oratorio Festivo, y la primicia de esos niños, ya habían sido ofrecida y, diría, consagrada al Señor, a los pies del crucifijo que ahora está en el santuario, durante la semana precedente.



            Ese entusiasta seminarista comenzaba un oratorio festivo, como había aprendido de Don Bosco; su padre y maestro; pero no sabía que allí estaba sembrando una semilla que crecería como un gran árbol y que extendería sus ramas hasta otros continentes.



            En agosto de 1929, el P. Dutto, invitado por un paisano, fue a otro barrio de Mar del Plata a dar catequesis y comenzar un oratorio. Al poquito tiempo, se comenzó a celebrar la misa en un casa con un altar improvisado (ver al foto abajo).



            Estos fueron los inicios de Parroquia “San José”, los colegios “Don Orione” y “Pablo Tavelli”, el Hogarcito “Don Orione”. Comienzos pequeños y simples, pero que fueron las bases de una gran obra de pastoral, educación y caridad.



            A fines de febrero de 1937, el P. Enrique Contardi llegaba el Presidencia Roque Sáenz Peña, en el entonces Territorio Nacional del Chaco. Un lugar cuasi inhóspito, con problemas de agua y una inabarcable radio parroquial. Como dice Luis Landriscina: “En esa época había que ser valiente para ir al Chaco”. Los primeros tiempos estuvieron signados por la dureza, la pobreza y el calor abrasador:



Sáenz Peña es una ciudad de cerca de 20 mil habitantes, con otros 10 mil esparcidos en los campos, a distancias enormes; se necesitan horas y horas de automóvil para llegar a ellos (…) la iglesia católica funciona en una habitación y el altar consiste en tres tablas sobre dos caballetes; además hay una pequeña pieza para dormir. La mayor parte de los niños son hijos naturales, la mayor parte de las familias no se fundan en la Iglesia; hay muchísimos sin bautizar; cuando se logra casar a las hijas se trata de casar también a las madres. La corrupción de costumbres, acentuada por el clima, es espantosa. Envié un sacerdote lombardo [el P. Contardi] de 50 años, que siempre fue un ángel y que creció desde muchacho con nosotros en la Divina Providencia. La gente vive mal y muere sin ninguna asistencia religiosa: ¿se puede dejar morir a la gente como perros? (Carta de Don Orione al conde Ravano. 13 de marzo de 1937. Scritti 47, 223).




            El P. Contardi pese a las adversidades, no se acobardo. Con un celo apostólico excepcional recorrió su inmensa parroquia como hizo el Cura Brochero en Traslasierra. Con los años la Parroquia creció, vino la Escuela, las capillas urbanas y rurales, el Cottolengo, el Hogar de Niñas; y muchas generaciones se formaron en los ideales de Don Orione. ¿Cómo comenzó todo? Con un pobre cura, “tres tablas sobre dos caballetes” y una piecita para dormir.



            Esta misma historia, pero con detalles distintos, se repitió en otras geografías. Muchas casas y obras nacieron en lugares de periferia, signados por la falta de medios, la pobreza, el anticlericalismo y el abandono.

            Pero esto no fue impedimento para que los primeros misioneros comenzaran obras de caridad y evangelización. Muchos sacerdotes, hermanos, religiosas y laicos en Argentina y otras partes del mundo trabajaron sin descanso por Dios y por los pobres.



            Estas historias son la parábola del grano de mostaza que nos cuenta el evangelio:



“El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. (Mt 13,31-32).




            Pequeñas semillas de Reino sembradas con sacrificios que crecieron de modo impredecible dando cientos y cientos de frutos.

No sé si Don Orione, el P. Dutto, el P. Contardi y tantos otros tendrían conciencia hasta donde llegaría lo que comenzaban; pero su generosidad los llevó a sembrar, a jugarse por los jóvenes, por los pobres, por el Pueblo de Dios, por sus ideales evangélicos.



            Los años transcurridos tal vez nos han hecho perder el contacto con los inicios, nacimos con los arboles crecidos, ya dando frutos. Por ello, debemos mirar nuestra rica historia con memoria agradecida; redescubrir esos primeros pasos y dar gracias a Dios por  la entrega generosa de nuestros hermanos y hermanas mayores.  



Pidamos al Señor nos dé el ardor apostólico de Don Orione y los primeros misioneros quienes sembraron el Reino con generosidad y confianza en la Providencia.

P. Facundo Mela fdp


viernes, 16 de junio de 2017

El testimonio de Ernesto Campese





Ernesto Campese, conoció a Don Orione en Avezzano en la época de las ayudas después del terremoto de la Mársica, en 1915. Él era Secretario de Prefectura del Ministerio del Interior, personaje eminente y notable por sus estudios y libros. Durante la obra de ayuda después del terremoto de la Mársica (1915), fue a encontrar a Don Orione.

“En efecto, fui enviado con trenes llenos de cosas a Avezzano – es Campese que cuenta – y me conmovió este cura mal vestido, que corría aquí y allí, donde sea, llevando confianza. Quise hablarle, y, abordándolo mientras de trasladaba de un lado a otro, me invitó a seguirlo. Pero ¡qué paso que tenía! Por seguirlo tropecé en una viga entre los escombros; no pude aguantar una blasfemia. Don Orione se detuvo a mirarme; pero, extrañamente, me miraba como cuando de niño me miraba mi madre cuando me mandaba alguna macana.

Luego me dijo: “¿Cómo estamos en tema de religión?”.
Yo le respondí: “Tabla rasa”.
Y él: “Quiere llegar a ver a Dios”.
Y yo: “Eh! ¡Si se me muestra!”
Don Orione: “Trate cada día de hacer un poco de bien”.


Ernesto Campese tomó en serio aquel consejo de Don Orione. En efecto, a distancia de 30 años, volvió a un encuentro de Amigos para contar qué es justamente aquello que le había dicho el Santo entre los escombros de la Mársica. De hecho, se convirtió en un fiel bienhechor de la Congregación. La caridad hace experimentar a Dios. La caridad abre los ojos a la fe.
Recordémonos siempre de esta verdad fundamental para nosotros Orionitas, “curas de estola y trabajo”: la caridad hace experimentar la Divina Providencia, a sí mismos, ante todo, y a los demás.

(Fuente: Summarium, p.540. Traduccion de la Carta del P. Flavio Peloso, “les transmito lo que yo mismo recibí” La experiencia y el mensaje de Don Orione. 26 de abril de 2016).



Los visitantes lo encontraron en su tienda, en piazza Torlonia, entre los muchos sobrevivientes por él salvados: ancianos, jóvenes y niños, parecía un dispensario de campaña. Se preocupaba de los más pequeños, los más difíciles de salvar. Los lactantes de quienes se tuvo noticias precisas fueron más de trescientos.
Ernesto Campese - encargado del Ministerio del Interior - cuenta: "Lo vi con dos o tres niños en brazos y le oí gritar: '¡El biberón! ¡Denme el biberón'!". Con sus rápidas intervenciones lograba sustituir, en los primeros momentos, los cuidados vitales de la familia.


Muchos años después - Don Orione ya había muerto – un testigo ocular, Ernesto Campese, fue a la casa de Todos los Santos, en Roma. Le mostraron retratos suyos pintados al óleo y le preguntaron:

- ¿Le parece que son fieles estos cuadros?
- No... - respondió. - Este no es Don Orione. Aquí se lo ve bien vestido, la cabeza derecha, buenos colores, ojos fulgurantes... No, Don Orione es el que conocí en Avezzano: la ropa manchada de barro, el cuello desabrochado, el rostro pálido, demacrado, la cabeza gacha y los ojos... sus ojos, tristes y mansos, velados por una infinita piedad...

(Fuente: Vida de Don Orione de Giorgi Papasogli)





sábado, 3 de junio de 2017

Una meditación sobre Pentecostes



Una larga carta del Padre Fundador, dirigida a una Hermana enferma. Una hermosa meditación sobre el misterio de Pentecostés.


Vigilia de Pentecostés, 19 de mayo de 1923

Buena Hija del Señor:

"¡Gracia y paz a usted, a su óptima hermana y a Sor María, de parte de Dios, nuestro Padre celestial, el Señor Redentor y Dios Nuestro Jesucristo y del Espíritu Paráclito, Dios y santificador de las almas!


Deseo hacerle llegar una palabra para la dulce solemnidad de Pentecostés.
"PENTECOSTÉS: palabra griega que significa quincuagésimo. Era una fiesta solemnísima para los Hebreos, como lo es solemnísima para los cristianos: dos fiestas, que si bien diversas entre ellas, son análogas por la íntima relación que existe, en general, entre las figuras del Antiguo Testamento y el cumplimiento de las mismas figuras en el Nuevo Testamento. La coincidencia de los dos clamorosos advenimientos confirma muy bien la conexión que existe entre ellos.
Para los Hebreos, Pentecostés era la fiesta de la siega, (Éxodo 23,16), era la solemnidad de la mies (...) La tradición hebraica daba a dicha fiesta tanta solemnidad y carácter de la más profunda santidad, porque el pueblo hebreo entendía y quería con esta fiesta, agradecer a Dios el haber dado en este día la ley sobre el monte Sinaí (...)
Como los hebreos solemnizaban la promulgación de la ley mosaica, así los cristianos, solemnizamos la promulgación del Evangelio, el establecimiento de la ley de Jesucristo y la fundación pública de la santa Iglesia acaecida por la venida milagrosa del Espíritu Santo sobre los Apóstoles (...)
Pero a usted, ¡oh Hija del Señor!, le será de inefable consuelo espiritual, el leer devotamente en estos días, el capítulo 2 de los Hechos donde se narra la historia del Pentecostés cristiano, cincuenta días después de la Resurrección del Señor.
Nuestro Pentecostés es una de las tres principales fiestas del año: Pascua, Navidad, Pentecostés, y es tan superior al Pentecostés de los Hebreos, cuanto la ley de gracia es superior a la ley mosaica, y cuanto el cumplimiento de nuestros grandes misterios supera todo aquello que era solamente figura.
¡Cuántas maravillas nos descubre la fe en este misterio! La tercera persona de la Ssma. Trinidad ha descendido sobre los hombres, para colmarlos de inmensa y divina liberalidad, de sus gracias más abundantes y de dones celestiales. En este día de Pentecostés, Nuestro Señor da la última mano a la gran obra que El miraba en todos sus Misterios. Es en este día de Pentecostés que Jesús se ha formado un nuevo pueblo de adoradores.
Hoy, Dios ha mandado su Santo Espíritu sobre la tierra para renovar la faz del mundo, para crear su Iglesia, 'conservadora eterna de su sangre y Madre de santos', como la llama Manzoni en aquel himno tan sublime que él dedica a Pentecostés.
Hoy, ya no es la proclamación de la ley de justicia del Sinaí, sino de la ley de gracia, de caridad, de misericordia. Pentecostés es el fin y la consumación de todo lo que Dios ha obrado y sufrido por la humanidad.


¡Qué gran día es éste! No es ya la celebración de un misterio pasado, como en otras fiestas, sino de un misterio de la santa Iglesia de Jesucristo.
El Espíritu Santo descendió visiblemente sobre la Iglesia naciente, un día domingo, en la gran fiesta de Pentecostés de los Hebreos, a fin de que, en aquel mismo día, en el cual Dios había dado la antigua ley sobre el Sinaí, ella fuese abolida por la nueva (...)
¡Oh, pidámosle a Nuestro Señor, que quiera escribir de la misma manera su santa ley en nuestros corazones, con el dedo de su diestra y estamparla tan profundamente que no se borre jamás!
San Lucas, hablando de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles dice: 'se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu les concedía expresarse' (Hechos 2,3-4).
De este fuego había ya evidentemente hablado el Señor cuando dijo: 'He venido a traer fuego sobre la tierra, ¿y qué otra cosa deseo sino que arda en todos los corazones?' (Lc 12,49).
Era el fuego de la caridad de Jesucristo, era el fuego del apostolado que recibieron los Apóstoles y que luego esparcieron por toda la tierra. Y este fuego apareció en forma de lenguas, para que los apóstoles, con sus lenguas expandiesen el fuego de la divina caridad en todos los corazones dóciles a la gracia (...) 
Las lenguas de fuego eran también una figura sensible del don de lenguas', en gracia del cual, los apóstoles pudieron hacerse entender por las gentes de todas las naciones.
El árabe, el parto y el sirio, escucharon sus sermones, dice Manzoni; pero ¿qué escucharon? La voz del Espíritu. Era por lo tanto, el Espíritu Santo el que hablaba por la boca de los apóstoles.
Las lenguas de fuego distribuidas, significaban la caridad, el fuego, la diversidad el lenguaje. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo...
El Divino Paráclito descendió sobre todas sus potencias y facultades, colmó de luces celestiales sus inteligencias; les fueron revelados los misterios más profundos, les dio fortaleza y valor sobrehumano para que propagasen el Evangelio y diesen su sangre por la fe. Ellos tuvieron una fe y un heroísmo apostólico. Les concedió dones interiores y exteriores y una santidad singular, diría superior.
La elocuencia de San Pedro, bajo la inspiración del Espíritu Santo, bastó para iluminar en la fe, amonestar, persuadir y convertir, en aquella primera prédica, alrededor de tres mil personas, las cuales fueron inmediatamente bautizadas (Hechos 2,41)(...)
La Misa del día de Pentecostés tiene la hermosa secuencia del 'Ven Espíritu Santo'. En los siglos pasados, se sonaba en la Iglesia una trompeta, como para imitar el ruido venido del cielo; y en otras Iglesias se hacían caer pétalos rosados, para simbolizar las lenguas de fuego, de ahí el nombre de 'Pascua rosada', que se dio a esta dulcísima solemnidad.
¡Oh, invoquemos nosotros también al Espíritu Santo!, para que venga sobre y dentro de nosotros, y como hizo con los apóstoles, nos transforme a nosotros, y como hizo con los apóstoles, nos transforme a nosotros, miserables, por la efusión de sus dones, nos haga humildes y fervorosos siervos, hijos y misioneros de la caridad.
Y como el misterio de Pentecostés continúa siempre invisiblemente en la Iglesia, así descienda y viva siempre en nosotros, la caridad habitual o gracia santificante. Es éste, el primero y más necesario don del Espíritu Santo, que nosotros debemos implorar hoy y siempre.
Que El ilumine nuestra mente con el don de la inteligencia; nos eleve con el don de sabiduría al conocimiento de las verdades divinas. La ciencia que viene del Divino Paráclito, nos lleve a despreciar los bienes y las bajezas de la tierra, por el conocimiento de Dios y nos dé aquel 'gusto interno', como escribe San Buenaventura, que llena el alma de suavidad por la cual dice el salmista: 'gustad y ved, cuán dulce es el Señor' (Salmo 33,9) (...)


El Espíritu Santo es Fuente Divina de verdad, caridad y felicidad interior.
¡Oh, descienda sobre nosotros el Espíritu Santo! ¡Espíritu de verdad, de oración, de unión, de misericordia y de divina caridad!
Y la Bienaventurada Virgen, que ciertamente se encontraba en aquella selecta reunión de Jerusalén, recogida con los apóstoles, los discípulos y las pías mujeres en oración, cuando alrededor de la hora tercia (las nueve de la mañana), vino de repente del cielo aquel ruido casi como un viento impetuoso y llenó toda la casa, donde se encontraban reunidos con María, Madre tiernísima y capitana de nuestra naciente Congregación; nos obtenga de Jesús todos los copiosos dones y frutos del Espíritu Santo, que nos dilatan de caridad el corazón, como dilataron el corazón de San Felipe Neri y nos conceda vivir encendidos de caridad para poder inflamar de divina caridad a todas las almas.
Que este Espíritu del Señor, la conforte, ¡oh Hija de la caridad de Jesús Crucificado!, en su enfermedad, le dé paciencia y amor al sufrimiento, por amor de Jesús Crucificado y de María Ssma.
La bendigo junto con sus hermanas y parientes y con la Hermana. Y Jesús nos bendiga a todos, nos asista y nos consuele, ahora y siempre.

Devotísmo en Cristo
Don Orione

Fuente: "Don Orione a las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad"