martes, 31 de enero de 2017

Luis Orione, alumno de Don Bosco


            Los frailes franciscanos le han despedido. Por su parte siente que ha hecho todo lo posible. No le queda más, por tanto, que esperar a que la providencia abra otra puerta. ¿Dónde llamar para pedir ayuda sino a la casa parroquial de Molino de Torti? La respuesta no se hace esperar: “Sin perder tiempo,-recuerda el P. Milanese-, empecé a hacer gestiones para que lo aceptaran en el colegio salesiano de Turín, donde fue admitido en octubre de ese mismo año”.


            Luis es feliz no sólo porque se ha abierto un nuevo camino, sino también porque el canónigo Cattaneo le ha hablado muchas veces de Don Bosco y de su obra.
            Sin embargo, en el momento de formular la inscripción, la pobre familia se encuentra ante un obstáculo insuperable. Haciendo y rehaciendo bien las cuentas con sus debidos ajustes no están en condiciones de pagar la pensión de ciento cincuenta liras más los gastos añadidos. Por lo demás, esos gastos añadidos en el periodo de Turín serán las reparaciones de calzado. Signo evidente de las carreras y los juegos animados que se hacían en el Oratorio. El problema fue resuelto gracias a la rápida y generosa intervención de la familia Marchese y de otras personas buenas.
            La fecha de ingreso en Valdocco se fija para el 4 de octubre. Luis comprende inmediatamente el nexo providencial: “Creo que el hecho de haber sido aceptado por Don Bosco el día de San Francisco fue una gracia que me hizo San Francisco mismo, al que después me he mantenido siempre muy vinculado” (DO. I, 241).
            Llega, pues, a Turín, trastornado del viaje, pero electrizado pensando en el inminente encuentro con Don Bosco. Sin embargo Don Bosco está en San Benigno en un curso de ejercicios espirituales. Dicen que volverá pronto, pero no es nada seguro.
            A la espera de ver al santo, Luis observa atentamente la vida que se despliega en el Oratorio y se integra progresivamente. El ambiente responde plenamente a sus aspiraciones: un ejército de jóvenes que rezan, estudian, trabajan en un ambiente de plena alegría. Todo trasmite entusiasmo, vida. ¡No hay en absoluto tiempo para ceder al desconsuelo, a la tristeza o a la melancolía! En una fría mañana de los primeros días de noviembre, corre veloz la voz de la llegada inminente de Don Bosco. Hay todo un fermento de preparativos y de espera que se resuelve en una explosión de júbilo cuando el santo pone los pies en el Oratorio. Recuerda: “Cuando Don Bosco volvió al Oratorio, parecía que un temblor recorriese por la vida de aquellos mil doscientos jóvenes, tantos estábamos entonces en el Oratorio de Don Bosco” (DO. I, 248).


             Luis es consciente de las lagunas escolares que lleva consigo. Para colmarlas aumenta el empeño en el estudio y, bajo la guía de los superiores, logra recuperar perfectamente el nivel y es admitido en el primer curso del instituto.
            No ha dejado el pueblo para estudiar sino para llegar a ser sacerdote. Su primera preocupación es, pues, seguir la llamada de Dios procurando ser cada vez más bueno. En el oratorio están todas las condiciones para animar, favorecer y mantener este propósito.
            Luis quiere practicar la virtud, volverse instrumento de bien en manos de los superiores. Por ello se propone abrazar cualquier iniciativa que le sea permitida, especialmente de piedad y de caridad bajo el ejemplo y las directrices de Don Bosco y de sus colaboradores.
            Han pasado sólo tres meses desde que dejó el pueblo para venir a Turín pero es mucho el camino recorrido en relación al crecimiento humano y espiritual. Con Don Bosco aprende a apreciar la cultura, la ciencia, la devoción a la Virgen, el amor y la fidelidad a la Iglesia y al Papa, a no perder el tiempo, a ser siempre dinámico y alegre.


            Una lección muy particular le viene del maestro. Ya, sin temor, se confiesa en la sacristía misma a la vista de todos. La confesión frecuente y el acompañamiento de un buen guía espiritual, son medios ordinarios y necesarios para ser fieles a la vocación y continuar con perseverancia por el camino del bien. No pudiendo tener como confesor y guía a Don Bosco, privilegio de unos pocos, escoge a Don Rua, brazo derecho del santo.
            Así, pues, Luis inicia un intenso trabajo espiritual. Cada semana se presenta a Don Rua para la confesión. Abre su corazón, expresa el deseo de llegar a ser sacerdote, cuenta el intento fallido con los frailes de Voguera y, acaso, el misterioso sueño de los clérigos de túnica blanca. Una cosa es cierta: el confesor se da cuenta de tener entre manos un penitente no común. La prudencia necesaria, la experiencia pastoral entre jóvenes no le impiden sugerir al muchacho, sólo después de dos meses de la entrada en el Oratorio, hacer el voto de castidad: “Era la fiesta de la Inmaculada, cuenta. Por la mañana, de rodillas, ya vestido con el hábito del Pequeño Clero, hacía mi voto de perpetua castidad, delante del cuadro de María Santísima Auxiliadora” (DO. I,253). Es éste un punto importante de su vida, tan importante que le hizo decir “Mi vocación ha nacido a los pies de la Virgen de Don Bosco”.


            Las condiciones del maestro empeoran. Baja cada vez menos para estar entre los jóvenes. Es motivo de inmensa alegría la tarde del último día del año 1886, verlo apoyado sobre la balaustrada que da al patio, saludando y dando la bendición a todos.
            A pesar de la maltrecha salud, reemprende las conferencias semanales y la confesión a los alumnos de los cursos superiores. Quiere gastar la vida hasta el último minuto para el bien y la felicidad de sus chicos. Los ilumina en la búsqueda del proyecto de Dios, y al mismo tiempo, los ayuda y los sostiene para que respondan con generosa fidelidad.
            Luis mira con santa envidia a los compañeros mayores. Desearía escuchar y confesarse con un hombre que, como todos dicen, lee las conciencias y conoce los pecados de todos. Venciendo cualquier temor se dirige a Don Berto, secretario de plena confianza de Don Bosco. Don Berto conoce bien y estima a Orione. Le parece, por lo demás, encontrar en él todas las cualidades que puedan merecerle ese privilegio: ha cumplido 14 años, es trabajador y va bien en las clases, quiere ser sacerdote y es un apóstol entre los compañeros.


            De este modo, hacia el final del año 1886, Luis inicia la asistencia a las conferencias y a confesarse con Don Bosco: “Don Bosco condujo mi incauto pie por los senderos del saber y de la virtud; muchas veces me apretó a su pecho cuando me confesaba con él. Mis lágrimas mojaron sus mejillas, me sentía muy emocionado. ¡Oh, si sentí un no sé qué celestial, incluso en este valle de lágrimas, todo se lo debo a Don Bosco!“ (Scr. 71, 193).


Fuente: "Dar la vida cantando al amor" del P. Angelo Campagna.

lunes, 30 de enero de 2017

Don Orione, alumno de Don Bosco



            Los frailes franciscanos le han despedido. Por su parte siente que ha hecho todo lo posible. No le queda más, por tanto, que esperar a que la providencia abra otra puerta. ¿Dónde llamar para pedir ayuda sino a la casa parroquial de Molino de Torti? La respuesta no se hace esperar: “Sin perder tiempo,-recuerda el P. Milanese-, empecé a hacer gestiones para que lo aceptaran en el colegio salesiano de Turín, donde fue admitido en octubre de ese mismo año”.


            Luis es feliz no sólo porque se ha abierto un nuevo camino, sino también porque el canónigo Cattaneo le ha hablado muchas veces de Don Bosco y de su obra.
            Sin embargo, en el momento de formular la inscripción, la pobre familia se encuentra ante un obstáculo insuperable. Haciendo y rehaciendo bien las cuentas con sus debidos ajustes no están en condiciones de pagar la pensión de ciento cincuenta liras más los gastos añadidos. Por lo demás, esos gastos añadidos en el periodo de Turín serán las reparaciones de calzado. Signo evidente de las carreras y los juegos animados que se hacían en el Oratorio. El problema fue resuelto gracias a la rápida y generosa intervención de la familia Marchese y de otras personas buenas.
            La fecha de ingreso en Valdocco se fija para el 4 de octubre. Luis comprende inmediatamente el nexo providencial: “Creo que el hecho de haber sido aceptado por Don Bosco el día de San Francisco fue una gracia que me hizo San Francisco mismo, al que después me he mantenido siempre muy vinculado” (DO. I, 241).
            Llega, pues, a Turín, trastornado del viaje, pero electrizado pensando en el inminente encuentro con Don Bosco. Sin embargo Don Bosco está en San Benigno en un curso de ejercicios espirituales. Dicen que volverá pronto, pero no es nada seguro.
            A la espera de ver al santo, Luis observa atentamente la vida que se despliega en el Oratorio y se integra progresivamente. El ambiente responde plenamente a sus aspiraciones: un ejército de jóvenes que rezan, estudian, trabajan en un ambiente de plena alegría. Todo trasmite entusiasmo, vida. ¡No hay en absoluto tiempo para ceder al desconsuelo, a la tristeza o a la melancolía! En una fría mañana de los primeros días de noviembre, corre veloz la voz de la llegada inminente de Don Bosco. Hay todo un fermento de preparativos y de espera que se resuelve en una explosión de júbilo cuando el santo pone los pies en el Oratorio. Recuerda: “Cuando Don Bosco volvió al Oratorio, parecía que un temblor recorriese por la vida de aquellos mil doscientos jóvenes, tantos estábamos entonces en el Oratorio de Don Bosco” (DO. I, 248).


             Luis es consciente de las lagunas escolares que lleva consigo. Para colmarlas aumenta el empeño en el estudio y, bajo la guía de los superiores, logra recuperar perfectamente el nivel y es admitido en el primer curso del instituto.
            No ha dejado el pueblo para estudiar sino para llegar a ser sacerdote. Su primera preocupación es, pues, seguir la llamada de Dios procurando ser cada vez más bueno. En el oratorio están todas las condiciones para animar, favorecer y mantener este propósito.
            Luis quiere practicar la virtud, volverse instrumento de bien en manos de los superiores. Por ello se propone abrazar cualquier iniciativa que le sea permitida, especialmente de piedad y de caridad bajo el ejemplo y las directrices de Don Bosco y de sus colaboradores.
            Han pasado sólo tres meses desde que dejó el pueblo para venir a Turín pero es mucho el camino recorrido en relación al crecimiento humano y espiritual. Con Don Bosco aprende a apreciar la cultura, la ciencia, la devoción a la Virgen, el amor y la fidelidad a la Iglesia y al Papa, a no perder el tiempo, a ser siempre dinámico y alegre.


            Una lección muy particular le viene del maestro. Ya, sin temor, se confiesa en la sacristía misma a la vista de todos. La confesión frecuente y el acompañamiento de un buen guía espiritual, son medios ordinarios y necesarios para ser fieles a la vocación y continuar con perseverancia por el camino del bien. No pudiendo tener como confesor y guía a Don Bosco, privilegio de unos pocos, escoge a Don Rua, brazo derecho del santo.
            Así, pues, Luis inicia un intenso trabajo espiritual. Cada semana se presenta a Don Rua para la confesión. Abre su corazón, expresa el deseo de llegar a ser sacerdote, cuenta el intento fallido con los frailes de Voguera y, acaso, el misterioso sueño de los clérigos de túnica blanca. Una cosa es cierta: el confesor se da cuenta de tener entre manos un penitente no común. La prudencia necesaria, la experiencia pastoral entre jóvenes no le impiden sugerir al muchacho, sólo después de dos meses de la entrada en el Oratorio, hacer el voto de castidad: “Era la fiesta de la Inmaculada, cuenta. Por la mañana, de rodillas, ya vestido con el hábito del Pequeño Clero, hacía mi voto de perpetua castidad, delante del cuadro de María Santísima Auxiliadora” (DO. I,253). Es éste un punto importante de su vida, tan importante que le hizo decir “Mi vocación ha nacido a los pies de la Virgen de Don Bosco”.


            Las condiciones del maestro empeoran. Baja cada vez menos para estar entre los jóvenes. Es motivo de inmensa alegría la tarde del último día del año 1886, verlo apoyado sobre la balaustrada que da al patio, saludando y dando la bendición a todos.
            A pesar de la maltrecha salud, reemprende las conferencias semanales y la confesión a los alumnos de los cursos superiores. Quiere gastar la vida hasta el último minuto para el bien y la felicidad de sus chicos. Los ilumina en la búsqueda del proyecto de Dios, y al mismo tiempo, los ayuda y los sostiene para que respondan con generosa fidelidad.
            Luis mira con santa envidia a los compañeros mayores. Desearía escuchar y confesarse con un hombre que, como todos dicen, lee las conciencias y conoce los pecados de todos. Venciendo cualquier temor se dirige a Don Berto, secretario de plena confianza de Don Bosco. Don Berto conoce bien y estima a Orione. Le parece, por lo demás, encontrar en él todas las cualidades que puedan merecerle ese privilegio: ha cumplido 14 años, es trabajador y va bien en las clases, quiere ser sacerdote y es un apóstol entre los compañeros.


            De este modo, hacia el final del año 1886, Luis inicia la asistencia a las conferencias y a confesarse con Don Bosco: “Don Bosco condujo mi incauto pie por los senderos del saber y de la virtud; muchas veces me apretó a su pecho cuando me confesaba con él. Mis lágrimas mojaron sus mejillas, me sentía muy emocionado. ¡Oh, si sentí un no sé qué celestial, incluso en este valle de lágrimas, todo se lo debo a Don Bosco!“ (Scr. 71, 193).


Fuente: "Dar la vida cantando al amor" del P. Angelo Campagna.

sábado, 24 de diciembre de 2016

¡Navidad es paz para todos!



De una carta escrita por Don Orione a sus exalumnos, bienhechores y amigos para la Navidad de 1935.




El Ángel se les apareció a los pastores porque eran pobres, sencillos y piadosos; y llamados a la gruta de Belén, su corazón se enterneció ante el Niño Dios. El Señor se manifiesta a los humildes, a los puros, a los sencillos. Eran hombres de buena voluntad, y los ángeles proclamaron sobre ellos la paz.



¡Apareció el nuestro Dios y Salvador, el Mesías! Nace para salvar a todos los hombres; y su resplandor divino brilla hoy sobre nosotros, renovados por su gracia, e inundados por su luz y su paz. ¡Sólo su vida llena los corazones!



El que nace es Jesús, que perdona a los enemigos, vence al mal con el bien y establece el mandato de amar a todos los hombres: Jesús, el autor de la vida, el redentor del mundo, el que da la inmortalidad.



Oh Dios grande y bondadoso, Dios omnipotente y eterno, que por nosotros te hiciste niño, y nos alegras todos los años con la fiesta de Navidad, purifica nuestra vida mediante los misterios celestiales de los sacramentos; edifica en nosotros el Reino de tu santo amor y de tu paz suavísima; dirige nuestra voluntad hacia el bien y nuestras acciones según tu voluntad;





Haz, oh Señor,

que caminemos siempre por el camino recto,

bajo tu mirada:

siempre a los pies de tu Iglesia,

con gran humildad, sencillez y alegría.



¡Oh Jesús bondadoso, Jesús amor!

nosotros te queremos amar y servir

con gran caridad y santa alegría,

jubilosos siempre por la feliz esperanza,

amando y viviendo en humildad y pobreza,

como tú , Jesús, nos enseñaste,

con tu nacimiento, tu vida y tu muerte.

¡Hacer siempre el bien a todos,

oh Jesús,

siempre bendiciendo y jamás maldiciendo!



¡Colmados con las delicias celestiales de tu santa Navidad,

sólo  pedimos amarte, amarte, amarte!

Y que el consuelo de la paz

se difunda por toda la tierra








sábado, 10 de diciembre de 2016

Piccinini Gaetano, "Justo de las Naciones"

ISRAEL RECONOCE LA AYUDA DE LA IGLESIA A LOS JUDÍOS DE ROMA

 “Sería un error declarar que la Iglesia católica, el Vaticano y el propio Papa se opusieran a las acciones dirigidas a salvar a los judíos”: así lo declaró hoy el embajador de Israel ante la Santa Sede, Mordechay Lewy, con ocasión de la entrega de la medalla de “Justo entre las Naciones” a la memoria del sacerdote orionino Gaetano Piccinini, hoy en el Centro Don Orione de Roma.
Durante la segunda guerra mundial, y sobre todo durante la ocupación nazi de Roma, Piccinini, actuando con la ayuda de la red de casas de la Pequeña Obra de la Divina Providencia de san Orione, consiguió salvar a muchos judíos, entre ellos los componentes de la familia de Bruno Camerini, quien pidió oficialmente la condecoración.
“A partir de la redada en el gueto de Roma del 16 de octubre de 1943 – afirmó Lewy – y en los días siguientes, monasterios y orfanatos mantenidos por órdenes religiosas abrieron las puertas a los judíos y tenemos motivos para pensar que esto sucedió bajo la supervisión de los más altos exponentes del Vaticano, que estaban por tanto informados de estos gestos”.
No sólo no es cierto que la Iglesia católica y sus instituciones se opusieran a la salvación de los judíos, sino que “lo cierto es más bien lo contrario: prestaron ayuda siempre que pudieron”.
“El hecho de que el Vaticano – añadió el embajador – no hubiese podido evitar la partida del tren que llevó al campo de exterminio, durante los tres días transcurridos desde la redada del 16 de octubre hasta el 18, sólo puede haber aumentado la voluntad, por parte vaticana, de ofrecer sus propios locales como refugio para los judíos”.
Para Lewy, es cierto que “los judíos romanos tuvieron una reacción traumática”. Estos, de hecho, “veían en la persona del Papa una especie de protector y esperaban que les salvase y evitase lo peor”.
“Sabemos todos qué sucedió – afirmó Lewy – pero debemos reconocer que el que partió el 18 de octubre de 1943 fue el único convoy que los nazis consiguieron organizar desde Roma hacia Auschwitz”.
A la pregunta de si estas consideraciones arrojan una mirada distinta sobre las polémicas que por parte judía se refieren a la figura del papa Pío XII y a la iniciativa de su beatificación: “El judaísmo no es monolítico – afirmó Lewy – y hay opiniones distintas a nivel histórico”.
Sin entrar en la cuestión de la beatificación, que pertenece a la Iglesia católica: “Lo que nosotros sabemos no nos permite decir que fuese todo blanco o negro, pero se equivoca quien niega que el Vaticano, el Papa y las instituciones católicas hayan actuado para salvar a los judíos”.
Quizás puedan surgir nuevos elementos con la apertura de los archivos vaticanos, “pero no puede esperarse la verdad completa, porque en tiempos tan duros muchas cosas no podían siquiera ponerse por escrito”.
“Es mi opinión personal – concluyó el embajador – que la verdad de aquel tiempo trágico en su totalidad está oculta y así permanecerá”.




Entrevista al padre Flavio Peloso, superior general de la Obra de Don Orione

En 1943, en plena II Guerra Mundial, cuando la furia diabólica de los nazis parecía imparable, hubo muchos héroes desconocidos que arriesgaron sus vidas para salvar a judíos perseguidos cuyo destino parecía marcado.
Entre estos héroes desconocidos estaba el padre Gaetano Piccinini, religioso de la Pequeña Obra de la Divina Providencia (Obra de Don Orione).
Hoy, jueves 23 de junio a las 11 de la mañana, en la Sala de Congresos del Centro de Don Orione de Roma, Mordechai Lewy, Embajador de Israel en la Santa Sede, entregó al padre Flavio Peloso, superior general de los Orioninos, la Medalla de los Justos entre las Naciones, en memoria del padre Gaetano Piccinini.
La Medalla de los Justos entre las Naciones es el más alto honor del Estado de Israel, atribuida a los que ayudaron en la salvación de los judíos durante la Shoah.
“Es una ocasión-explicó el padre Flavio Peloso- para recordar, a través del padre Gaetano, a todos los Orioninos que han contribuido en salvar las vidas de muchos judíos durante los años de la guerra”. Para recuperar la historia de tantos héroes que contribuyeron en la salvación de los judíos y para conocer mejor al padre Gaetano, al que se debe la fundación del Centro Don Orione en el barrio romano de Monte Mario,

ZENIT ha entrevistado al padre Don Flavio Peloso.
- ¿Quién era el padre Gaetano Piccinini?
Padre Flavio Peloso: El padre Gaetano Piccinini (Avezzano 1904 - Roma 1972) fue recogido por el padre Luigi Orione después del terremoto de Marsica de 1915. El Santo ejerció de padre con él y Piccinini se identificó afectiva y espiritualmente con él, convirtiéndose en religioso y sacerdote entre sus Hijos de la Divina Providencia. Licenciado en Letras, fue director y rector de diversos institutos Orioninos. Promovió muchas aperturas de nuevas casas y obras en la Italia meridional, en Inglaterra y en los Estados Unidos. Más tarde fue consejero general de la Congregación.
Se le recuerda como hombre de gran ingenio intelectual y de notables capacidades organizativas que supo ejercer magníficamente en tantas empresas de bien. Era una especie de “Bertolaso” de nuestra Congregación. Se lanzaba a todas las grandes emergencias. La que recordamos con esta medalla, la salvación de muchos judíos, fue sólo una de las emergencias a las que el padre Piccinini se dedicó con pasión.
Posteriormente trabajó por los huérfanos y los mutilados de postguerra, organizando una docena de grandes instituciones en Italia, entre las que está la de Monte Mario. Luego fue al rescate de la inundación de Polesine (1951), ayudó con tempestividad y sabiduría en el terremoto de Irpinía (1962), en el desastre del Vajont (1963), incluso en el terremoto del Valle de Belice (1968) En Sicilia, Gibellina.
Su vida y su actividad incansable se detuvieron el 29 de mayo de 1972, dejando una gran recuerdo por su integridad sacerdotal, por su apostolado clarividente y emprendedor, por su profunda vida interior, el culto de la mistad, la promoción del laicado.

¿Por qué se le ha concedido la Medalla de los Justos?
Padre Flavio Peloso: En el periodo de las leyes raciales, a partir de 1938, fue director del Instituto de Novi Ligure (AL) y rector del Instituto Pontificio Escolástico “San Felipe Neri”, en el barrio Appio en Roma. Durante la II Guerra Mundial trabajó, sobre todo en Roma y se prodigó en socorrer a muchas personas de raza judía, a menudo arriesgando su propia vida. Mantuvo después relaciones de amistad con las personas salvadas, como es el caso de Bruno Camerini, que figura como el que ha realizado la petición oficial de la medalla “Justo entre las Naciones”, porque fue salvado por él. Entre los rescatados hay algunos personajes famosos del mundo hebreo italiano. Por ejemplo, el famoso escultor Arrigo Minerbi, acogido, con nombre falso y con el papel de profesor, en el Instituto San Felipe Neri de Roma. Es obra suya la llamada “Madonnina”, de 9 metros de altura, que se yergue sobre el Monte Mario, bendiciendo a Roma. Con Arrigo Minerbi, en el San Felipe Neri, estaba también Ettore Carruccio, eminente matemático y físico. Pero toda vida es preciosa a los ojos de Dios y así era para el padre Piccinini que intentó salvar a todos los que pudo.
El padre Gaetano Piccinini ya recibió un primer reconocimiento del Presidente de la Comunidad Israelita de Roma en el que leemos: “1945-1955. Los judíos de Italia agradecidos al padre Gaetano Piccinini”. Después vino otro reconocimiento oficial en 1994 de Benè Berith con el Diploma de un Árbol plantado en Jerusalén. Ahora llega del Yad Vashem, Instituto para la Memoria de los Mártires y de los Héroes del Holocausto, el título y la Medalla de “Justo entre las Naciones”.



¿Los Orioninos han realizado muchas actividades en defensa de los judíos?
Padre Flavio Peloso: Don Gaetano Piccinini es el caso más relevante de la acción en favor de los judíos realizada por muchos hermanos y por varias casas de la Pequeña Obra de la Divina Providencia de San Luigi Orione. Este capítulo de historia, permanecido en la discreción, fue reconstruido por mi investigación “Orioninos en ayuda de los judíos durante los años de exterminio” (Mensaje de Don Orione, 2003, nº112, pp. 75-106) y en el libro de Mario Macciò, “Génova y ´ha Shoah´, Salvados por la Iglesia” (Il Cittadino, Génova, 2006).
También recientemente, se han publicado nuevas páginas de la solidaridad valiente y generosa que tienen como protagonistas a religiosos y casas de Don Orione de toda Italia. Invariablemente, siempre el coordinador era él, desde un extremo a otro de Italia, el padre Piccinini. Encontré conmovedor el hecho de que los hermanos, fieles a la consigna de absoluta reserva en estas operaciones, sólo después de 50 o 60 años después de los eventos han comenzado a revelarse cosas. La mayoría de las cosas quedará oculta.

¿Qué le empujó a arriesgar la vida para salvar a los hermanos de fe hebrea?
Padre Flavio Peloso: En la Secretaría de Estado, de la época, estaba monseñor Giovanbattista Montini, después Papa Pablo VI, que formó parte siempre del círculo de Amigos de Don Orione, al que conoció personalmente en los años ´30. Era monseñor Montini el que transmitía al padre Piccinini y a los Superiores de la Congregación, los deseos de Pío XII, y muy probablemente señalaba también a personas y a situaciones concretas de judíos por los que se pudiera “hacer algo”.
Nosotros los Orioninos profesamos un IV voto de especial fidelidad al Papa, y pretendemos, por el sensus Ecclesiae que nos inculcó Don Orione, realizar no sólo los mandatos sino los deseos del Papa y de los Pastores de la Iglesia. Además de la motivación humanitaria, fueron determinantes las indicaciones de Pío XII y las peticiones de colaboración de los obispos en las ciudades donde actuaban. Es decir, que además de un acto humanitario y de caridad evangélica, la ayuda a los judíos era una expresión de vida eclesial.

¿Qué significado tiene hoy una historia heroica como la del padre Gaetano?
Padre Flavio PelosoComo superior general de la Familia Orionina, debo decir que este reconocimiento tributado al padre Gaetano Piccinini se agradece mucho porque honra a un hermano dignísimo, a la Congregación y a la Iglesia. Para nosotros los Orioninos, constituye un estímulo a cultivar, un estilo de caridad sin límites, que muestra la maternidad universal de la Iglesia. Como decía Don Orione, “la caridad no mira si el que la pide tenga un nombre, una religión, una patria, sino si tiene un dolor”. El padre Gaetano Piccinini actuaba exactamente así.




Discurso que el embajador de Israel en la Santa Sede, Mordechai Lewy, ha realizado al entregar la medalla de “Justo entre las Naciones”, a la memoria del padre Gaetano Piccinini. Roma, 23 de junio de 2011. Sala de Congresos del Centro Don Orione, Vía de la Camilluccia, 120.
Deseo saludar al respetable Superior General de la Obra Don Orione, el padre Flavio Peloso, el señor alcalde de Avezzano, el señor Antonio Floris, monseñor Andrea Gemma, obispo de Isernia y Venafro, a los familiares del justo Gaetano Piccinini, y de la familia Camerini, señoras y señores
Estoy contento de haber podido aceptar la invitación para participar en esta ceremonia en honor del padre Gaetano Piccinini, que ayudó a salvar a los miembros de la familia Camerini, haciendo lo posible para aliviar la dura prueba a la que fueron sometidos durante el periodo de la ocupación.
No me detengo en los detalles del asunto que ya mi colega Livia Link ha ilustrado y además hay testimonios directos presentes, que pueden contar mucho mejor que yo, esta historia.
Sin embargo, querría mencionar muy brevemente un tema ampliamente debatido: el comportamiento de la Iglesia durante el periodo de ocupación nazi en Roma, durante el que la vida de los judíos de la ciudad estuvo en serio peligro, y de tantos que, desgraciadamente, no volvieron de los campos de exterminio.
Sin el padre Gaetano Piccinini, y otros hombres y mujeres como él, el número de vidas humanas destrozadas hubiera sido más alto.
Al padre Piccinini le reconocemos no sólo haber dado asilo, sino el haberlo hecho por el respeto al origen e identidad de cada uno.
Después de una redada en el gueto de Roma, el 16 de octubre de 1943, y en los días sucesivos, monasterios y orfanatos dirigidos por órdenes religiosas, abrieron sus puertas a los judíos, y pensamos que esto sucedió bajo la supervisión de las instancias más altas del Vaticano, que estaban informadas de estas actuaciones.
Sería por tanto un error, declarar que la Iglesia Católica, el Vaticano y el Papa mismo se opusieron a las acciones dirigidas a salvar judíos.
En realidad, sucedió todo lo contrario: prestaron ayuda a todos los que pudieron.
El hecho de que el Vaticano no pudiese evitar que saliera el tren que fue al campo de exterminio, durante los tres días transcurridos después de la redada del 16 de octubre hasta el 18, sólo aumentó la voluntad, por parte del Vaticano, de ofrecer los propios locales como refugio para los judíos.
Los judíos romanos sufrieron una reacción traumática.
Ellos vieron en la persona del Papa a una especie de protector del que esperaban que les salvase y evitase lo peor. Bueno, todos sabemos lo que pasó, pero debemos reconocer que el que partió el 18 de octubre de 1943 fue el único convoy hacia Auschwitz que los nazis consiguieron organizar en Roma.
Esto es lo que deseaba compartir con ustedes. No les entretengo más y les agradezco su invitación.