martes, 30 de diciembre de 2014

Quien ama a Dios goza siempre



 Saludos Navideño del P. Flavio Peloso FDP, Superior General de los Hijos de la Divina Providencia.

Como cada año, la fiesta de Navidad cuenta el tiempo que pasa, los 2014 años después de Cristo y nuestra pequeña reserva de años.

El tiempo es demasiado lento para quien espera, demasiado rápido para quien tiene miedo, demasiado largo para quien sufre, demasiado breve para quien goza. El tiempo es pleno para quien es amado y ama.

Pesebre viviente del Cottolengo de Mozambique
 Jesús, nacido en una noche de invierno, en Belén, “llenó” de sí el tiempo. “Cuando llegó la plenitud del tiempo – escribe San Pablo – Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer” (Gal. 4,4).

“La plenitud del tiempo” es Jesús. Nuestra vida no es un balde vacío, como aquel de la Samaritana, a llenar repetidamente desde el pozo de la vida, siempre demasiado limitado, sino que tenemos en nosotros una fuente de agua viva, fluyente, inextinguible: el Espíritu de Dios. “¡Si conocieras el don!”.

Don Orione conoció el don de Dios y quiso hacerlo experimentar a todos con la urgencia del amor que le movía el corazón, las palabras, las manos.

“Quien ama a Dios, goza siempre: el dolor no se diferencia más de la alegría y la vida se convierte toda en una alegría y es un paraíso.

¡Oh cuánto es bella la vida de quien ama a Dios! La alegría serena del alma es la unión con su Dios.

El corazón del hombre, si no está satisfecho, no está contento. ¿Puede el mundo llenar el corazón del hombre? ¡Se necesita más que el mundo para contentar al hombre! Se necesita otra cosa entonces, un bien que no sea terreno: ¡se necesita Dios! Sólo Dios basta. ¡Quien ama a Dios, vive de Dios, y goza siempre!” (Don Orione).

Un día de 1936, Don Orione se presentó en la Casa Rosada de Buenos Aires, para encontrar a Pedro Agustín Justo, presidente de la República Argentina. Fue recibido por el conserje que lo reconoció rápidamente con emoción y lo acompañó a una sala de espera.

- Póngase cómodo, Don Orione, voy a anunciar su presencia.

Sucedió que el conserje se olvidó completamente de él. Recordándose después de un par de horas abundantes, corrió mortificado a la sala de espera.

- ¡Perdóneme, Padre! Lo dejé solo, aquí, esperando.

- Yo jamás estoy solo – respondió Don Orione con una sonrisa.

- Le hice perder tanto tiempo precioso.

- Yo no pierdo jamás el tiempo – agregó en tono amable levantando un poco el rosario que llevaba en la mano.

Estos son los efectos de la presencia de Dios. Don Orione era un hombre contento (que viene de contener) porque contenía a Dios, como una “fuente de agua de brota para la vida eterna”.

 Auguro a todos mis hermanos y hermanas consagrados que estén contentos de vivir de Dios “sumo bien y nuestra eterna felicidad” en el estado de vida elegido por Jesús, mediante los votos de pobreza, castidad y obediencia.

Queridos laicos orionitas, sobre todo a ustedes, que están en el camino del Movimiento laical, sepan que los consideramos “como hermanos” y “como apóstoles”. Estén contentos de Dios, “caminen en la presencia de Dios siempre y vivan de Dios”, animados por el mismo carisma.

Auguro que estén contentos a los tantos niños y jóvenes presentes en las actividades educativas de la Congregación; a las personas con límites, a los enfermos y a los ancianos; a las personas que frecuentan nuestras parroquias: no se contenten sólo de los servicios que reciben en nuestras obras, sino busquen y pidan “con el pan del cuerpo el divino bálsamo de la fe”.

“Quien da al pobre da a Dios y de Dios recibirá su recompensa”, repetía Don Orione. La recompensa de Dios, queridos bienhechores y amigos de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, es Dios mismo, su gracia, su amistad que los deja contentos en esta vida y en el paraíso.

A todos, en el nombre de Don Orione y en la oración junto a los Hermanos del Consejo general, les auguro que estén contentos de Dios, de contenerlo dentro del alma, porque “quien ama a Dios goza siempre”.



¡Feliz Navidad y Año nuevo 2015!

P. Flavio Peloso FDP (Superior general)




martes, 23 de diciembre de 2014

Quien Pasa y Quien Queda


Había una vez un rey, un rey potente y prepotente, quien, a la cabeza de las hordas mongólicas, salió de los confines del reino y entró en los países vecinos, pasando a hierro y fuego aldeas y ciudades y llevando consigo esclavos a los pobladores que su masacre no había podido masacrar; ante su presencia, huían hasta las bestias; tras él no dejaba más que sangre, ruinas y muerte.
Hizo esculpir sus gestas en las rocas de los montes, para que su nombre y fama infundieran terror también a las generaciones por venir. Cuando sintió que se aproximaba a su fin, se hizo construir un gran mausoleo, destinado a ser su tumba eterna; las piedras eran colosales, verdaderos bloques de durísimo pedernal, excavados en el seno de montañas gigantes. Quiso que su cuerpo fuera embalsamado con esencias preciosas, para que la muerte no lo tocase; los siglos lo debían ver pasar inalterado, invulnerable también ante la muerte. Ordenó además que en el puño le pusieran su daga y en el brazo el escudo y que le calaran la visera sobre la frente soberbia y fiera, terrible y espantoso aun muerto.

 Pero su nombre no perdura entre nosotros más que en algún diccionario, en los viejos y polvorientos libros de historia, papeles inútiles para nuestros estudiantes.
Quien lee su nombre, si por casualidad lo encuentra, se pregunta, como se preguntaba el Don Abbondio manzoniano de Carnéades: ¿quién era éste? Su nombre ya no vive entre nosotros: ¡Gengis khan! Aunque oigamos hablar de él, uno de los más grandes conquistadores del mundo, nuestro rostro no se ilumina y nuestro corazón no late.

Las lluvias y las intemperies han destruído hasta la última piedra de su monumento, y los más tenaces arqueólogos han buscado en vano entre las ruinas la tumba ya inexistente del terrible mongol.
La arena del desierto ha borrado sus rostros y el ala vengadora del tiempo ha destruido su nombre, si bien estuvo gravado en la piedra viva de aquellos mundos que vieron pasar al triunfador, que oyeron retumbar los valles a los gritos de sus asaltos salvajes y la tierra temblar y gemir bajo el pie de su elefante.
Pero una vez hubo otro rey, un rey suave y más que rey y señor, padre dulce de su pueblo. No tenía soldados y no los quiso tener nunca. No derramó la sangre de nadie, no quemó la casa de nadie. No quiso que su nombre estuviera grabado en las rocas de los montes sino en el corazón de los hombres. Un rey que no hizo mal a nadie y sí bien a todos, como la luz del sol que da sobre los buenos y sobre los malos. Extendió la mano a los pecadores, fue a su encuentro, se sentó y comió con ellos, para inspirarles confianza, para rescatarlos de sus pasiones, de los vicios y, una vez rehabilitados, encaminarlos hacia la vida honesta, el bien, la virtud.
Pasó dulcemente la mano sobre la frente febril de los enfermos y los sanó de toda debilidad. Tocó los ojos de los ciegos de nacimiento y éstos vieron, ¡y vieron en él al Señor!
Tocó los labios de los mudos, y hablaron ¡y bendijeron en él al Señor! A los sordos les dijo: "¡Oíd!" y oyeron; a los leprosos y a los desechos de la sociedad les dijo: "iQuiero limpiarlos!" y la lepra cayó como escamas y quedaron limpios. Llevó al tugurio la luz del consuelo y evangelizó a los pobres, viviendo en el pueblo más mísero de Palestina.

No buscó entre los grandes a quien lo siguiera ni exaltó a los potentes de la inteligencia, del brazo o de la riqueza, sino a los humildes y a los pobrecitos, paupérrimo también él. "Los zorros tienen su cueva y los pájaros el nido, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde posar su cabeza". Vivía frugalmente, habituando a sus seguidores a la disciplina de la mortificación, de la oración, del trabajo, para fortalecerlos en la vida del espíritu. Se mortificó, rezó, trabajó largamente, santificando así, con sus manos y con su vida, el trabajo.
De aspecto simple, amaba la pureza, reacia a cualquier adorno; era tal la santidad de su vida y de su doctrina, que hubiera bastado para demostrar que era el enviado de Dios. Sus ojos y su frente estaban iluminados por tanta beatitud celestial que ninguna persona honesta podía sentirse infeliz después de haber visto su rostro.
A quien le preguntaba cómo había que vivir, respondía: "Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos; desprendeos de lo superfluo para darlo a los pobres y si queréis ser perfectos renegad de vosotros mismos, abrazad vuestra cruz y venid, ¡seguidme!"
A la muchedumbre que lo rodeaba para escucharlo o porque una estupenda virtud curativa emanaba de El, le decía palabras de sobrehumana dulzura y de vida eterna: "Os doy un nuevo mandamiento: amaos recíprocamente en el Señor y haced el bien a quien os hace el mal".

De los niños dijo que sus ángeles ven siempre el rostro de Dios y que será bienaventurado aquél que sea siempre niño en su corazón, que sea puro como los niños. Bendijo la inocencia y amó a los niños con un amor altísimo y divino, tanto que gritó, si bien nunca alzaba la voz: "¡Ay de aquellos que escandalicen a los inocentes...!"
Multiplicó el pan, pero no para sí sino para las muchedumbres. No hizo llorar a nadie; lloró El por todos, y lloró sangre. Secó las lágrimas de muchos y de muchas almas perdidas.
Dijo a los cadáveres: "¡Levantaos!" y a esa voz omnipotente la muerte fue vencida, los muertos resucitaron a nueva vida. Tenía para todos una palabra de perdón y de paz; a todos infundió un soplo de caridad restauradora, un rayo vivificante de luz, superior, divina.
Inicuamente perseguido y traicionado, aun en la cruz invocó del Padre celestial, con gran voz, el perdón para los bárbaros que lo habían crucificado. El, que había hecho volver a poner la espada de Pedro en la vaina, que no había derramado la sangre de nadie, quiso dar toda su sangre divina y su vida por los hombres, sin distinción de judío, de griego, de romano o de bárbaro: ¡verdadero rey de paz, Dios, Padre, Redentor de todos!

Quiso morir con los brazos abiertos, entre el cielo y la tierra, llamando a todos "ángeles y hombres" a su Corazón abierto, desgarrado, anhelando abrazar y salvar en ese Corazón divino a todos, todos, todos: ¡Dios, Padre, Redentor de todo y de todos!
No, Jesús no quiso construir un monumento fúnebre, como Gengis Khan, como los antiguos reyes; sin embargo, por todas partes se ve levantarse al cielo, en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos, una casa consagrada a su memoria; aun allí donde no hay moradas humanas, en las nieves eternas, se alza la capilla "tal vez una pobre choza muy parecida a la gruta de Belén", y sobre ella, solitaria, hay una Cruz que recuerda la obra de amor y de inmolación de Jesucristo Nuestro Señor. ¡Esa Cruz habla a los corazones del Evangelio, de la paz, de la misericordia de Dios hacia los hombres...!
¡No me vencieron sus milagros ni su resurrección, sino su Caridad, esa Caridad que ha vencido al mundo!
Hoy, en el mundo entero, se celebra la "Navidad", la "Sagrada Noche" del "nacimiento de Jesús". Y en todas partes hay una alegría serena, una gran, universal alegría.
Es la dulzura de Dios que se hace sentir, es la santa potencia de la bondad del Señor, que es más grande, ¡oh, sí! mucho más grande y duradera que el ruido de todas las batallas de este mundo, de todos los conquistadores de esta pobre tierra.
La bondad del Señor nos atrae sacándonos de entre los áridos y dolorosos extravíos de la vida; la celeste claridad de esta mística noche santa de Navidad atrae hasta a las almas más alejadas "caminantes extraviados o desfallecientes", como atrae la claridad de la casa paterna en el bosque oscuro. ¡Oh, divina luz del Niño Jesús! ¡Ah, suave y santa bondad de Dios y de la Iglesia de Dios!
Hermanos, seamos buenos con la bondad del Señor y de esa manera no temáis nunca que vuestra obra se pierda: toda palabra buena es soplo de Dios; todo santo y gran amor de Dios y de los hombres es inmortal.
La bondad vence siempre; a ella se le rinde un culto secreto aun en los corazones más fríos, más solitarios, más lejanos. El amor vence al odio; el bien vence al mal; la luz vence a las tinieblas. Todo el odio, todo el mal, todas las tinieblas de este mundo, ¿qué son ante la luz de esta noche de Navidad? ¡Nada! ¡Delante de Jesús, y de Jesús Niño, son realmente nada!

            ¡Reconfortémonos y exultemos en el Señor! La efusión del Corazón de Dios no se pierde por los males de la tierra, y el último en vencer es El, será el Señor. ¡Y el Señor vence siempre con la misericordia!
El que vence de otra manera pasa y no se habla más de él. Pasan los reyes, pasan los conquistadores de la tierra, caen las ciudades, caen los reinos; polvo y hierba cubren el fausto y las grandezas de los hombres y los vientos y las lluvias destruyen los monumentos de sus civilizaciones. "...Los bueyes, en las urnas de los héroes, pagan la sed", cantó Zanella.
Todo pasa, sólo Cristo permanece. Es Dios, y permanece. Permanece para iluminarnos, para consolarnos, para darnos con su vida su misericordia. ¡Jesús permanece y vence, pero con la misericordia!
¡Bendito sea eternamente tu nombre, oh Jesús!  
Sac. Orione d.D.P. 

De un saludo natalicio a los benefactores. Navidad 1920

martes, 9 de diciembre de 2014

Como la caridad de Don Orione cautivo a Mons. Cortesi


Mons. Cortesi, entonces Nuncio Apostólico en Argentina, no conocía mucho a Don Orione, incluso pensaba que podia ser uno de esos curas que venia a "hacerse la América". Pero hubo algo que lo hizo cambiar su idea y descubrir que Don Orione era un hombre de Dios. Este es el testimonio de lo que el P. Luigi Piccardo escucho del Mons. Cortesi.

 
        Recuerdo que el Nuncio Apostólico en Argentina, Mons. Cortesi, viniendo a Italia quería pasar por Venecia, deseando ver nuestras casas en aquella ciudad. Entreteniéndonos en un coloquio y hablándonos de la caridad de Don Orione, nos contaba que después del Congreso Eucarístico, en una audiencia, Don Orione le planteo la oportunidad de abrir una obra benéfica como recuerdo del Congreso. El Nuncio, antes de concederlo, le dijo que lo pensaría. 

P. Luigi Piccardo
 
      Algunos días después, el Nuncio recibe un mensaje del Santo Padre donde le aconsejaba de abrir una obra de caridad. El Nuncio acordándose de la propuesta hecha por Don Orione, lo invito a reunirse con él, pero Don Orione no fue enseguida. Entonces el Nuncio fue él mismo a ver a Don Orione, porque, dada la fallida reunión, sospecho que este fuese tal vez uno de los curas que venían a América en busca de fortuna. Se lo encontró en pantuflas, sin zapatos, ya que los había mandado a arreglar. Por ello, Don Orione le pidió que lo disculpe, por no haber acogido en seguida la invitación hecha. 

Mons. Cortesi en Polonia

         En la habitación de Don Orione, el Nuncio vio un pobre viejo, mal vestido y, ante la pregunta del Nuncio sobre quién era, Don Orione le respondió que hacía unos días, habiendo salido de la casa, al volver por la tarde, vio aquel pobre viejo agazapado en un rincón de la calle, se le acerco y lo invito a ir con él. Le cedió su propia cama aquella tarde y luego se preocupo de hacer que se recupere en una de sus casas. 




Fuente: Sacra Congregatio Pro Causis Sanctorum, Beatificationis et canonizationis servi Dei Aloisii Orione sacerdotis professi fundatoris Congregationis Filiorum Divinae Providentiae et Parvarum Sororum Missionariarum a caritate. Positio super virtutibus, Roma, Postulazione della Piccola Opera della Divina Provvidenza, 1976, 560.


Traduccion: P. Facundo Mela FDP








martes, 2 de diciembre de 2014

El “Cottolengo de Turín”. Canto a la caridad de Cristo



         La figura de San Jose Benito Cottolengo influyo muchisimo en el joven Luis Orione. Si bien, Don Orione no conocio a este gran santo, conocio su obra y en honor a él llamo a sus casas para gente con discapacidad "Cottolengos"

 
¿Influyo la cercanía de la “Pequeña casa de la Divina Providencia” (es decir el Cottolengo de Turín) en la espiritualidad del joven Luis Orione?


Sabemos que los “Pequeños Cottolengos” constituyen un capitulo fundamental para la historia de la multiforme actividad caritativa de Don Orione, a pesar de ser el epilogo de lo que inicio en 1893 para los niños pobres.

La compasión hacia los enfermos y a los que sufren, encendida en el joven Orione por el canónigo Cattaneo, se inflamo entonces más que nunca encontrando las filas de pobres y desdichados hospedados en la pequeña casa de la divina providencia, como el mismo nos cuenta:

“Recuerdos mis años juveniles, cuando estudiaba en Turín, en la casa de Don Bosco. Un día nos llevaron a pasear. Vivía aun Don Bosco; eran los años en los cuales el gran Santo murió.

Nos concedían un paseo semanal, el jueves, a lo largo de la avenida reina margarita, que entonces estaba al margen de la ciudad y separaba Turín de la región que se llamaba Valdocco, donde están los monumentos de la caridad: los edificios del Cottolengo, de Don Bosco y de la Marquesa de Barolo.

Íbamos a lo largo de la avenida, cuando encontramos una larga fila de personas (una muchedumbre) que nunca acababa, y parecía interminable. Iban formados de a cuatro y se tomaban de a dos las manos. Iban como en cadena: y algunos desbordaban por aquí, y otros por allá. Eran lisiados, ciegos, rengos, jóvenes y viejos. Quien los guiaba era uno de ellos, un poco… mejor, pero que estaba de pie con dificultad y desbandaba mucho también él…

El sol los bañaba. Aquellos arboles veían pasar aquella columna –llamémoslo así- de pobres infelices y la primavera bajaba sobre aquellos pobres desdichados, quienes se sostenían con esfuerzo, como el polen sobre las flores.

 En verano caminaban bajo la sombra ancha que bajaba de las hojas amplias y palmadas de los plátanos… El otoño arrojaba, a sus pasos, las hojas y alguno a veces resbalaba sobre esas hojas rojizas. Durante el invierno las ramas escuálidas parecían llorar sobre aquella columna de infelices.

Cada vez  que me llevaban a pasea, yo quería, en mi corazón, ver a aquellos pobrecitos. La gente los miraba: los transeúntes se detenían sorprendidos; y luego meneaban la cabeza y seguían y seguían murmurando: -¡son los del Cottolengo… cosa de Cottolengo!...

Yo los miraba, deseaba encontrarlo, los sentía hermanos, los amaba. No conocía su patria de origen, ni sabia como se llamaban. No tenía importancia para mí… salían de una gran casa: pero el Cottolengo quiso llamarla ‘Pequeña Casa’, porque la Casa de la Divina Providencia es el universo.

¡Cuantos infelices!...la última vez que fui a la ‘Pequeña Casa’, había trece mil infelices hospedados: una verdadera ciudad de dolor… o es casa del misterio o es el milagro continuado de la Divina Providencia; una casa que vive sin bienes propios, sin renta fija alguna.

Se podía pensar que eran personas tristes, encerradas; por lo contrario sonreían; y cuando los veía o encontraba llevaban un rayo de serenidad en la frente, como aquellos rayos de sol que, anhelados con ansia especialmente en los días de neblina, llegan a restaurarnos después de los rigores del invierno.

Cuando regresaban a su casa, atravesaban un atrio donde esta puesta una estatua del santo sacerdote, en el acto de bendecir a la extrema vejez y a la infancia abandonada, mientras levanta un dedo al cielo hacia la Divina Providencia.

La casa es el milagro permanente de la divina providencia. ¡Contra el positivismo y el materialismo esta el Cottolengo! Allí hay muchos y muchas más de lo que yo encontraba en el paseo; la mayoría no puede salir; están siempre en la cama y viven postrados en camillas, carritos, cochecitos.

Si entran en aquellas largas crujías –son muchas y los pobres están divididos en familias- hay lisiados, crónicos, ciegos, y deficientes, viejos, jóvenes, mutilados, paralíticos: todos los miran con una sonrisa, todos los miran con alegría serena en los labios… “Es un milagro” y el mundo los rechaza como desechos, escombros de la sociedad!

Las madres de muchos de ellos, enseguida después del desgarro de la maternidad, han apretado al seno sus recién nacidos: después quisieron ver uno a uno si sus miembros eran perfectos, y vieron, en el lugar de los brazos y manitas, los muñones… Pensaban dar una flor al jardín del mundo, y vieron un cuerpecito desfigurado, y llorando un llanto sin consuelo…


Pero en el evangelio está escrito: -¡Dichosos los que lloran, porque serán consolados! Y aquellos desdichados que no tuvieron el don del llanto, tuvieron el llanto de sus madres, que muchas veces fallecieron acongojadas diciendo: -¿a quién dejare mi desdichado, este mi pobre hijo? Esta el Cottolengo. ¡He aquí que es el Cottolengo!

¡Dichosos los que lloran… Pasa la figura de este mundo: ‘cosa linda y mortal pasa y no dura’, reza un poeta nuestro. Pero hay algo que permanece en los siglos, algo inmortal. Pasan los gozos, pasan las fiestas, pasan también los dolores, y aquellos pobres infelices se despiertan un día como de un sueño penoso; y, con su gran maravilla se encontraron de pie, firmes en sus piernas; la pierna derecha no estaba y estará en su lugar; no había una mano, y estará en su lugar; los ojos que estaban en las tinieblas verán la luz; y se alegraran en el regocijo de todos sus miembros perfectos. Volverán a usar las facultades mentales y se sentirán almas inmortales, redimidas y libres. Vestirán el blanco hábito del bautismo…

Y cuando Cristo Señor dirá que deberán separarse los buenos de los malos, aquellos desdichados, que fueron despreciados, sentirán que su lugar es a la derecha. Cuando Jesús diga: -¡Vengan, benditos, a recibir el premio preparado para vosotros desde la constitución del mundo!, he allí, sentirán que son ‘bendecidos’.

¡El mundo los había considerado, no digo maldecido, pero casi no dignos de pertenecer al consorcio humano! Y escucharan a Jesús decir: -tenía hambre, y me dieron de comer; tenía sed, y me dieron de beber; estaba desnudo, y me vistieron; era peregrino, enfermo, preso, y fueron a visitarme.

Ellos, los del Cottolengo, miraban alrededor. Pero cuando Cristo Señor diga: -vengan, benditos, a recibir el premio-, los elegidos, los bienhechores de los pobres, los que practicaron la caridad, los que tuvieron entrañas de misericordia hacia los desdichados, contestaran: -¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer?, ¿sediento, y te dimos de beber?, ¿huérfano, enfermo, y te consolamos?-, los del Cottolengo callaran. Pero cuando Jesús dirá: -todo lo que hicieron a estos pobres, a estos infelices, me lo hicisteis a mi-; entonces los repudiados por el mundo, los desechos, los escombros, se regocijarán con una alegría muy grande, porque comprenderán que fueron asemejados a Jesucristo.

Buscaran entonces entre el resplandor de los santos a una figura de sacerdote, un pobre cura, el ‘ángel’, el ‘canónigo bueno’, un sacerdote que rezaba el oficio y se conmovía a la palabra ‘caridad’:

Todas las palabras y las oraciones que decía se resumían en una única expresión: ‘caridad’; todos sus pasos eran sobre un único sendero, el sendero de la caridad; todas sus acciones, eran un canto a la caridad!...

¡Oh! ¡Entonces todos los que fueron disminuidos, sufrieron retraso, cantaran el cantico de la caridad, el cantico más lindo que los hombres puedan cantar en la tierra, y que los Ángeles cantan al cielo!...

 “Entonces, cuando estaba en el oratorio de Don Bosco, recuerdo que nos llevaban a pasear, allá alrededor del Cottolengo de Turín. Y pasando por allá se veían aquellos pobres enfermos y epilépticos. Y yo me sentía atraído por aquellos pobrecitos, los miraba con compasión, y sentía gran deseo de ir al encuentro de ellos para aliviar sus sufrimientos. Experimentaba como una gran alegría en verlos, y aquella era la diversión más grande de mi paseo…” (4.6.1939).


           Desde Victoria (Buenos Aires), en el mes de marzo de 1935, Don Orione escribía a un excelentísimo Obispo:

“…Ya desde cuando hacia el secundario en Turín, cada vez que pasaba delante de la pequeña casa de la Divina Providencia, fundada por San José Benito Cottolengo, experimentaba una especial atracción hacia aquella obra de fe y de caridad, y el vivo deseo de hacer algo, con la ayuda divina, para nuestros hermanos más pobres y mas abandonados” (Scr. 67 – 300).


Fuente: Secretariado de Espiritualidad, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione; un adolescente en la escuela de un Gigante 1886-1889, I, Pequeña Obra de la Divina Providencia, Buenos Aires, 1989.