sábado, 23 de septiembre de 2017

Nada de fosilización. ¡Renovarse o morir!


 Tenemos Congregaciones nuevas que cabalgan delante de nosotros. Renovarse o morir, queridos sacerdotes, renovarse en el espíritu religioso, o de lo contrario los despido. ¡Renovarse en todo! ¡Nosotros tenemos que ser una fuerza! Una fuerza de apostolado, fuerza de educación cristiana, fuerza doctrinal en las manos de la Iglesia.  Nosotros debemos ser una vida.  Nosotros queremos ser una fuerza en las manos de la Iglesia. O somos una fuerza, una fuerza espiritual, o de lo contrario no tenemos razón de ser.

Nos han acusado en Roma que en Tortona nosotros tenemos una fuerza y que, si avanza así, tendrá que ser cambiado el nombre de Tortona por Orione. He contestado: ¡Así sea! No por mi pobre persona, sino por ser una fuerza de bien para el pueblo.

Quien no quiera seguirme que se quite del medio; y si no, salto por encima, prescindo de ustedes, y tan amigos.

Quiero que vean en estas palabras, si quieren un poco fuertes, la fuerza de una juventud que no declina, porque es la fuerza de la fe que no envejece nunca.

O rejuvenecerse y ser lo que debemos ser religiosamente o mejor no ser.

Ustedes han tenido ante sus ojos cincuenta o sesenta clérigos y han notado que allí hay una fuerza, hay un nervio. No quiero permitir que esta fuerza se fosilice. La marcha hacia la perfección no puede detenerse bajo ningún pretexto (...)



Los fundadores son ustedes, yo no soy más que un hermano mayor, por la misericordia divina, llamado antes en el orden del tiempo, pero quienes hacen que las casas caminen son ustedes, los que dan el rostro a la Congregación son ustedes (...).

La Congregación por misericordia divina, fue promovida por clérigos; por lo tanto, ruego a aquellos de ustedes que no quieran seguirme, que cedan el paso. Les parecerá soberbia, pero entonces soberbia son todas las cartas de san Pablo.

Cuando Don Sterpi dice que en ciertas cosas somos ya viejos antes de nacer, dice algo terrible. ¿Qué tienen que aprender de nosotros estos clérigos? ¡Renovarse o morir!

De ninguna manera quiero que muera la Congregación, como tampoco quiero que la Iglesia en lugar de una fuerza, tenga un cadáver en putrefacción (...) Es cuestión de vida o de muerte; queremos ser vida y no muerte (...)

Es cuestión de tener vitalidad, de no tener pesos muertos. Dicen que somos invasores, dicen que somos una fuerza. ¡Ojalá quisiera Dios que fuésemos una fuerza espiritual, fuerza de santidad y de bien en medio del pueblo! ¡Ojalá quisiera Dios que, en cualquier parte donde pusiese el pie un hijo de la Divina Providencia, allí floreciese la vida cristiana!

Nosotros no queremos ni grados ni honores: nosotros queremos a los pobres, nosotros queremos ser pobres, nosotros queremos estar con los pobres. Y los pobres nos quieren bien. E incluso si se cerrasen las iglesias, nos dejarán nuestros pobres, y entonces seremos nosotros quienes podamos hacer todavía un poco de bien.



Los comunistas han venido a traernos los paquetes de arroz para distribuirlos entre los refugiados, porque se fiaban de nosotros (...)

El pueblo sabe quien es amigo del pueblo, el pueblo sabe que nosotros no somos enterradores y cuando decían que estábamos locos hasta el punto de llevar a los clérigos con las carretillas y las palas en procesión, no pretendimos hacer cosas raras, sencillamente queríamos llevar a aquella gente de San Bernardino que en un tiempo había asaltado al obispado, la llevábamos a la catedral, y cuando pedimos que el Obispo saliera al balcón, buscábamos hacer un acto de reparación.

            Si estamos con los pobres nos dejarán vivir y nos respetarán, pero es necesario volver a la fuente y en cuanto se pueda hay que deshacerse de los institutos ricos (...). Desháganse, porque aquellos jóvenes, luego que los hagan constructores, si se los encuentra ni siquiera los saludaran a ustedes.

            En la reunión de ex alumnos ninguno se presento. Se presentaron los viejos, los pobres que se los ayudo de mil maneras.

Nosotros estamos para los pobres, para los más pobres, no lo olviden nunca, háganlo sangre de su sangre, vida de su vida, ésta es la vida de la Congregación (...).

La Iglesia ha nacido con los pobres, el Evangelio es para los pobres (también para los ricos, pero que son pobres de espíritu). Los diáconos de la Iglesia se ocupaban de los pobres. Es necesario que volvamos a los pobres y sobre todo debemos volver a lo que fue en otros tiempos. Pero ¿por qué veranear en la montaña, o en el mar?

Queremos ser una fuerza en manos de la Iglesia, sin protagonismo, pero debemos entrelazar el amor a Cristo, a las almas y el amor a los pobres.  Es el secreto éxito. Unamos también el amor a la patria y también sin protagonismo, sin ostentación, sin política. Cristo lloro sobre Jerusalén y Jerusalén es la patria moral de Jesucristo.



Estas palabras mías son un poco fuertes, pero ustedes tomen su sustancia y verán el anhelo que tengo de que la Congregación viva su espíritu y no se fosilice, porque nosotros estamos ya decrépitos, nos hemos desviado ya del espíritu primitivo.

Es necesario volvernos a poner en camino, es necesario que hagamos algo más.

Debemos acercarnos al pueblo y a los humildes. El porvenir es del pueblo y nosotros no debemos perder al pueblo.

viernes, 18 de agosto de 2017

Sembrando el Cottolengo: otra parábola orionita del grano de mostaza

       
     “El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. (Mt 13,31-32).



            A fines de Abril de 1935, para ser más precisos un día 28, se colocaba la Piedra Fundamental del Cottolengo de Claypole. Como la pequeña semilla de la parábola, confiado “en la Divina Providencia y en el corazón magnánimo de los Argentinos”,[1] se sembraba la caridad a las afueras de la ciudad de Buenos Aires, en una lejana zona rural.

            A simple vista esta iniciativa era una verdadera locura. Una casa de caridad en medio del campo, cerca de una estación de trenes perdida, donde vivían sólo unas pocas familias, donde “terminaba la civilización”. 



Los destinatarios de la misma eran las personas con discapacidad, en ese entonces totalmente marginadas, ocultas, abandonadas y olvidadas.

Don Orione, en cambio, como hombre de Dios, miro con ojos de fe ese lugar. Mientras muchos veían la nada, él vio nacer una ciudad de la caridad, un hogar para los desamparados.

Esa Piedra Fundamental era una semilla, un germen de esperanza. Por ello, el “padre de los pobres”, decía del Cottolengo:



Él es, por ahora, como un pequeño grano de mostaza, al cual bastará la bendición del Señor para llegar a ser un día en un árbol corpulento, sobre cuyas ramas se posarán los pajarillos. (Math. cap. 13)

Los pajarillos, en este caso, son los pobres más abandonados, nuestros hermanos y nuestros amos.[2]



En junio de ese mismo año Don Orione tomaba posesión una casa ubicada en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, más específicamente en Carlos Pellegrini 1441. Allí instaló la Sede Central del Cottolengo Argentino.

Y un histórico 2 de julio de 1935 el Cottolengo Argentino abría por primera vez sus puertas a los pobres, iniciando así una historia de servicio, ternura, sacrificio y entrega en su Sede de Avellaneda.

Al año siguiente, el 21 de mayo de 1936, se inauguraba el Cottolengo de Claypole, comenzando a lo grande: seis pabellones y una iglesia. Esta ceremonia contó con la presencia de numerosas autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

 

Así, en poco más de un año, el Pequeño Cottolengo ya tenía dos sucursales y una sede central. Pero estos no eran más que los primeros pasos; pues este árbol de caridad siguió creciendo, ampliándose, recibiendo más y más “pajaritos” pobres, abandonados, descartados.

El corazón inquieto de Don Orione siguió sembrando semillas de caridad, haciendo contactos, pensando en los rechazados que nadie recibía. Incluso, pocos meses antes de morir, tuvo un hermoso sueño: una casa construida para ser un prostíbulo se volvería casa de caridad; un frustrado infierno transformado en hogar para mujeres en la zona de San Miguel.



Tras su muerte, sus hijos e hijas, fieles a este legado de amor, continuaron cuidando muchas semillas de las que Don Orione sembró pero no llegó a ver brotar. 

Pero esto no fue suficiente. No alcanzaba con cuidar la herencia, había que hacerla crecer, multiplicarse, fructificar. Había que dar nuevos pasos, seguir “sembrando el Cottolengo”; así nacieron los Cottolengos de Tucumán, Córdoba, San Francisco, Presidencia Roque Sáenz Peña, Gral. Lagos e Itatí, etc. Como también Hogarcitos, Escuelas Especiales y Centros de Día.

Estas ramas fueron dando nuevos frutos de caridad. Así, en torno a los Cottolengos nacieron capillas que devinieron en parroquias; colegios, casas de formación; y lo más importante, la misma Iglesia. Los Cottolengos formaron comunidades de fe dentro y fuera de sus puertas. Así se concretó la parábola del Señor, que Don Orione parafraseó.



            Hoy, la Familia Religiosa en Argentina lleva adelante 16 Cottolengos y Hogares y 6 Escuelas de Educación Especial que brindan un hogar para más 1.500 personas con discapacidad. Todo fruto de una pequeña semilla de caridad, sembrada por Don Orione, un lejano abril de 1935.


P. Facundo Mela fdp






[1] Folleto sobre el Cottolengo, Buenos Aires, 13 de abril de 1935 (ACPA). Cf. también Boletín Eclesiástico de la Diócesis de La Plata 6 (1936) 181-184. El diario el Pueblo publico una separata con dicho folleto en su edición del 12 de abril de 1935.


[2] Ídem.

sábado, 29 de julio de 2017

“… en la Argentina he hallado para siempre mi segunda patria…”


Discurso de despedida de Don Orione al dejar Argentina


            El 30 de julio de 1937, una semana antes de su partida, Don Orione se despedía del pueblo argentino desde el micrófono de “Radio Ultra”. En su discurso, expresaba todo su cariño y admiración por nuestra tierra, y decía, con palabras proféticas: “… Dios mediante, volveré a ella vivo o muerto”. Algunos extractos del texto:



Amados Argentinos

Ha llegado para mí la hora de las despedidas, esa hora que suele ser melancólica, pero que no es triste para el cristiano que se siente sometido, en todo momento, a una voluntad amorosa como es la de Dios a quien amamos.

Voy a partir de la Argentina después de una permanencia que debía ser breve y que Dios Nuestro Señor, con señales visibles de su Providencia, ha querido prolongar por tres, años, desde su milagroso Congreso Eucarístico.

 Y, en esta hora propicia para la efusión del corazón, quiero aprovechar el amable ofrecimiento de “RADIO ULTRA” para hablar una vez más a todos ustedes, amados Argentinos: aunque invisibles corporalmente, siento desde aquí que sus almas y la mía palpitan en una misma fraternidad cristiana, y que con muchas de ellas se ha establecido una muy honda comunión de ideales sobrenaturales, de esas uniones que forman una amistad superior a todas las contingencias, una amistad que Dios confirmará eternamente en el Cielo.

Pues bien, a todos quiero decirles y confirmarles que en la Argentina he hallado para siempre mi segunda patria, y que, Dios mediante, volveré a ella vivo o muerto, pues quiero que mis cenizas descansen en el Pequeño Cottolengo Argentino de Claypole, regadas por las oraciones de tantas almas que, gracias a su inagotable caridad, encontrarán allí, en los brazos humildes pero afectuosos de mis amados Hijos, los Religiosos de la Divina Providencia, el asilo de su orfandad, el remedio de su dolencia, el consuelo de su aflicción, el alimento de su indigencia, y, sobre todo, la dignificación cristiana y el amor Evangélico, único capaz de arrancar de la desesperación a los náufragos de la vida, que se sienten objeto de desprecios por parte de la sociedad paganizada de nuestros días.

Trae esta obra todo su espíritu de la Caridad de Cristo; y nunca la hubiera comenzado, sin el deseo y la plena bendición de su Eminencia Revma. el Sr. Cardenal Arzobispo, del Excmo. Sr. Nuncio Apostólico y del Excmo. Sr. Arzobispo de la Plata. Por esto Dios ha estado siempre conmigo, no obstante mis grandes miserias. Yo no tengo otro deseo que vivir y morir humildemente a los pies de la Santa Iglesia de Cristo: Ella es mi gran amor.

El Señor ama a todas sus criaturas sin excepción, pero su Providencia no pudo dejar de amar especialmente a los que sufren tribulaciones de alguna manera, después que Jesús se presentó como su modelo y su Capitán, sometiéndose El mismo a la pobreza, al abandono, al dolor y hasta al martirio de la Cruz.

Por lo cual el ojo de la Divina Providencia mira con predilección una obra de este género, y el Pequeño Cottolengo Argentino tendrá siempre abierta su puerta a toda clase de miseria moral y material.

Separados luego en tantas otras familias, acogerá en su seno como hermanos, a los ciegos, a los sordomudos, a los retardados, a los incapaces: cojos, epilépticos, ancianos e inválidos para el trabajo, enfermos crónicos, niños y niñas de corta edad; jovencitas en la edad de peligros morales; a todos aquellos, en una palabra, que por una u otra causa necesiten de asistencia o de auxilio, y no puedan ser recibidos en hospitales o asilos, y que verdaderamente se hallen abandonados; sean de cualquier nacionalidad o religión, sean también sin religión alguna: ¡Dios es Padre de todos!



En el “Cottolengo” no deberá quedar sitio vacío; y en su puerta no se preguntará a quien la cruce si tiene un nombre, sino si tiene algún dolor (…) El Cottolengo es una familia construida sobre la Fe y que vive de los frutos de una caridad inextinguible.

Por eso en él se vive alegremente: se ora, se trabaja en la medida de las fuerzas de cada uno, se ama a Dios y se ama y se sirve a Cristo en los pobres, en santa y perfecta alegría, porque ellos no son huéspedes, no son asilados: son los patrones, y nosotros somos sus servidores. Por eso ellos están contentos, y el Señor también, y continuamente brota de allá y se eleva al Cielo una sinfonía de oraciones, de gratitud por los bienhechores, de trabajo, de cánticos y de caridad (…)

Nada es más agradable al Señor que la confianza en El. Y nosotros querríamos poseer una Fe, un ánimo intrépido, una confianza tan grande como el Corazón de Jesús.

Antes de embarcarme de regreso a mi dilecta e inolvidable Italia, hoy desde este micrófono, desde el cual tengo el honor de dirigir mi palabra al gran Pueblo Argentino, pongo en sus manos, después de Dios, esta su obra, este Cottolengo que, como todas las obras argentinas, ha de llegar a ser grande, grande como vuestro corazón. Y todo sea a honor y gloria de Dios, y siempre Deo Gratias! (…)

Nobilísimos Argentinos, que forman esta gran Nación, admirable por sus bríos, sus riquezas, sus progresos y más aún por sus obras sociales de caridad y de educación, yo guardaré imborrables recuerdos de gratitud, de admiración por ustedes, por sus Autoridades Eclesiásticas y Civiles, todos en mi corazón ante Dios en el Altar... ¡Rogad por mí!



Rueguen que pueda pronto regresar a esta mi segunda Patria como lo deseo ardientemente y, con esta esperanza, no les digo “adiós”, sino “hasta pronto”, si Dios quiere.

Amados Argentinos ¡Gracias por todo! Jamás los olvidaré. ¡Dios sabrá recompensar la caridad de ustedes! ¡Dios bendiga a todos, todos, todos!

Y la Virgen de Luján os proteja siempre: defienda y haga potente, grande y gloriosa la Nación Argentina.



Fuente: Revista Don Orione, noviembre-diciembre 1937, p. 6.